
Al cruzar la puerta, cuando todavía no ha dado tiempo a que las maravillosas líneas arquitectónicas trazadas por Frank Ghery se borren de tu retina, un campo gris, yermo e infinito se te clava en el alma. Es un cuadro, pero podría ser una poesía, una epopeya que narrase la vulnerabilidad de los hombres ante la eternidad del cosmos que los rodea. Es imposible abarcar esta obra de un sólo golpe de vista así que hace falta contemplarla con cuidado, sentirla, acariciar sus texturas con los ojos e imaginarte que es tu piel, que son tus manos las que se posan sobre las rugosas manchas de pintura y madera que impregnan la tela. Avanzas unos pasos más y esa visión, ese paisaje que antes estaba frente a ti, ahora te rodea, todas la paredes se han llenado de vida o mejor dicho de lo que fue vida. Ramas, hojas, fragmentos de madera, animales que parecen disecados son ahora parte indivisible de una estética dramática y apasionante al mismo tiempo.
En el centro de la sala unos zapatos en el lienzo parecen indicar que aquí comienza nuestro camino, aquí donde nada vive y a la vez nada está muerto. Porque lo que fue soporte de vida, ahora se ha convertido en soporte de ese deseo que permite al hombre abarcar la inmensidad del tiempo en una sola mirada, en un solo instante, en ese soporte que conocemos como arte.

Y alrededor de este camino aparecen dibujadas las estrellas, un firmamento compuesto por las caprichosas líneas de ramas y plantas que delimitan a su vez las formas que nuestra mente ha dibujado en el cielo y ha llamado constelaciones.
Esto podría entenderse como un enfrentamiento dialéctico entre forma y significado, entre poesía y filosofía, entre lo que en el hombre hay de cultura y lo que hay de naturaleza. Pero de este enfrentamiento no surge ninguna ruptura sino que tiene como resultado un discurso que habla de nuestra propia vulnerabilidad ante lo infinito , y la necesidad que tenemos de fragmentar la realidad a base de esquemas lógicos para abarcar aquello que no comprendemos.

Y es que Kieffer es un alquimista, trabaja la materia y le da forma hasta tal punto que nos permite contemplar su esencia. Basta con detenerse frente a cualquiera de las instalaciones de la muestra para darse cuenta de que mucho más allá de lo que plantea el artista, son los materiales los que nos hablan. Las camas de plomo de una suavidad imposible o las muros de hormigón que se derrumban a tan sólo unos pasos de nosotros, son elementos inertes pero de alguna manera han cobrado vida de la mano del mago, del químico, del artista.

Crítica de Néstor Hernández
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