lunes 27 de agosto de 2007

Luisa. Una historia real recogida por William Saïd





Luisa tiene un trocito de mar.
Cuando era una niña sus padres le enseñaron que los hombres eran libres, que nadie era dueño de nadie. Luisa lo entendió porque no conocía a nadie que tuviera nada.
La tierra, los árboles, los ríos, la pequeña casa en la que vivían y hasta las hermosas montañas que recortaban el cielo de Granada eran de alguien a quien no conocía.
También alguien a quien no conocía le dijo que sus padres sus tíos y todos a los que llamaba familia se habían cansado de arrastrar los pies por el polvo, que se habían cansado de ser esclavos, que se habían cansado de estar cansados y que eso se llamaba ser anarquista. Le dijeron que un hombre que se llamaba Franco les había castigado obligándoles a construir una cruz enorme en un valle enorme. Pero Luisa era una niña, y no entendió por qué ese hombre estaba tan enfadado con ellos y por qué si sus padres habían construido esa cruz tan grande Franco en vez de perdonarles había decidido fusilarles.
Luisa creció pensando que estaba sola en el mundo, vivía con unas monjas que le decían que tenía que portarse muy bien para que Dios la perdonara por haber sido una niña roja. Luisa lo hizo y las monjas decidieron contarle que no estaba sola, que su hermana estaba viva, pero que las habían separado para que no tuviesen la tentación de volverse anarquistas. Luisa tenía catorce años y se alegró mucho de conocer a su hermana, y por fin entendió quienes eran esos que quisieron construir esa cruz tan grande y porque sus padres estaban tan cansados de ellos.
Luisa siguió creciendo y se enamoró y tuvo hijos y nunca se olvidó de las cosas que le enseñaron sus padres.
Pasaron los años, y Luisa vio a sus hijos crecer bajo el sol, los vio enamorarse y los vio formar sus propias familias.
Luisa tenía cincuenta años cuando tuvo que despedir a su hombre y sus hijos tuvieron que enterrar su a padre. Lo hicieron en la tierra, en la misma que lo había visto amar, sudar, y llorar. La misma que lo había visto vivir una vida sencilla, una vida de obrero.
Luisa tiene hoy setenta años, vive frente al mar y ocupa una casa que no es suya. Sus vecinos la quieren y la respetan, porque allí donde viven nadie tiene nada excepto el cariño de los demás y un pequeño trocito de mar que todos comparten.
Luisa nunca deja su casa porque aunque sabe que todos la quieren, tiene miedo de que alguien a quien no conoce venga y le diga que esa casa es suya y que tiene que irse.
Luisa cumple años, ha reunido a toda su familia frente a su trocito de mar, cocina para ellos como lo ha hecho tantas veces, y les pide que cuiden de su casa mientras ella vuelve. Todos se preocupan pero confían en su madre igual que siempre han confiado.
Viaja todo el día, le duelen los huesos y se le ha encogido el alma.
Luisa se ve a si misma frente a esa cruz tan grande en ese valle tan grande. Como cuando era una niña, se imagina a sus padres construyéndola y como entonces los echa de menos.
Luisa entra en la abadía que hay en a los pies de la gran cruz. Hace frío y no se parece nada al lugar donde ella imaginaba que vivían los dueños de las cosas.
Luisa se detiene frente al altar. Sube su falda hasta la cintura, se acuclilla y ve correr su orina entre los surcos de la rocas que forman el suelo.
Por unos segundos su orina calienta las gélidas piedras.
Desde siempre Luisa pensó que cuando llegara este momento gritaría, maldeciría, lloraría, pero ahora su cuerpo sólo es capaz de esto.
Luisa se va, no escucha a todos los que la gritan, la única cosa que le viene a la cabeza es el frío que emanan esas piedras donde están enterrados sus padres. Piensa que esas rocas seguirán siendo frías, pero que ella, su naturaleza, y su cuerpo de mujer las ha calentado por un instante.
Luisa sigue sin tener nada y sigue sin conocer a la gente que lo tiene.
Luisa no se llama Luisa pero esta historia sí es su historia.
Me la contó en su playa, delante de su trocito de mar, donde es feliz, donde nadie tiene nada excepto ese trocito de mar y el cariño de los que se conocen y se respetan.

fotografía de Néstor Hernández

© Todos los derechos reservados.